Una profesión arriesgada

Cuando mis padres comenzaron a vivir en esta mini ciudad procedentes de Barcelona, fue en el año 1974. Sólo había tres colegios,  el de mi escolarización fue el que tenía una plaza libre, aunque luego pasé a otra escuela, privada como preferían mis padres. En fin, el colegio en cuestión es el colegio al que ahora acuden mis hijos.

Cada día para ir a clase pasaba por delante de una casa, un caserón, mejor dicho. Para mi mente infantil, aquella casa era misteriosa, muy misteriosa, tan misteriosa en proporción de su tamaño. En mi  pequeña cabecita era  enorme, si bien que realmente es bastante grande, actualmente. La mansión en cuestión estaba siempre custodiada por dos enormes perros, que correteaban y ladraban libremente por su jardín, acompañándote en paralelo por la calle. Ellos dentro y yo fuera.  Yo me imaginaba tenebrosas historias con la casa de fondo. Debido a su tipo de construcción, se me antojaba china,  la casa china, así la llamábamos en la familia. Bien que iba acompañada de mi madre para ir al cole, pero aún así tenía un gran  recelo hacia  la casa.

Todo temor desapareció al cambiar de cole. Pero como cosas del destino, el piso donde ahora vivo está en frente de esa casa. Aunque ahora ya no me da temor, si que todavía me da un poco de respeto, cuando a veces salgo al balcón y la observo, en especial si es de noche y las luces de su desván o buhardilla, se apagan mientras la contemplo.

Tras la introducción os la presento, aquí la casa china ( modo nocturno), aquí un@s amig@s:

Y lo que os quería enseñar, justamente hoy. Ayer ví en su jardín,  un profesión arriesgada, un jardinero podando un árbol de la casa china:

Nunca lo había pensado pero jardinero es una profesión muy arriesgada, viendo la altura a la que estaba, creo que más o menos un tercer piso:

Vértigo me daba verlo a través de la ventana y más vértigo todavía a pie de calle.