Ojito, mucho ojito

A mis 42 años, puedo batirme en una carrera de atletismo con gente más joven que yo y ganar, puedo vestir una talla 38, puedo salir de marcha toda la noche, sin parar de bailar, puedo salir con la bicicleta, recorriendo varios kilómetros sin cansarme, puedo hacer puenting.  Y puedo muchísimas cosas más, sin que la edad  sea un impedimento. Pero ay chicas, existen momentos en la vida en que la edad no perdona, seguro que me váis a entender en cuanto leáis lo siguiente.

Desde que empezó la crisis, me he habituado a las tiendas de ropa de segunda mano. Voy en busca de pequeños tesoros para mí ( recordad que me llaman atrapachollos), es como si las piezas me estuvieran esperando. Y esta vez no fue menos, un pantaloncito monísimo de  color tostado de Mango, estaba esperándome en una percha, por el módico precio de 2 euros, además con  la forma y el  color de moda. Estupendo talla 38, éste va directo para casa. Creo que alguna vez he comentado que odio probarme la ropa, sin probarme siempre acierto.

Una vez en casa, me lo pongo y …… no hay manera de abrocharme el pantalón. Que raro, quizás habré engordado. Me los quito y miro bien la talla, por lo visto no la había leído bien,  no era la 38 sino la 36. Arghhhh!! Que ciega estoy!!!

Esa fue la gota que colmó el vaso. Desde hacía algún tiempo, ya no veía como antes, snif, snif. Era la típica que apartaba la lectura para leer mejor. Principio de presbicia, me comentó el óptico,  comienza sobre los 45 años y va en aumento con la edad. Con la edad, en fin un problema de la edad Snif, sniff, buaaaaa.

Hoy mientras leáis esto, yo estaré viendo un poquito mejor el mundo, con mis gafas de Prada ( creo  que va a ser lo único que tenga de esta marca, en mi vida).

Ah… no creáis que no encontré nada más en la tienda, una blusita color rosa palo, que me queda divina, sin probármela, y por tan sólo  1 eurito.